Lo hemos escuchado cientos de veces, en todas partes.
Siempre, siempre, siempre hay alguien ahí para recordarnos que no vivimos para siempre.
Y fingimos aceptarlo cada día, cada momento que escuchamos esas palabras.
Pero el día que se asume de verdad, el instante en el que realmente nos damos cuenta... ese instante es tan luminoso como las estrellas que noche tras noche juguetean en la inmensa bóveda que en tantas ocasiones nos lleva a una profunda abstracción.
Como ellas, es una pequeña verdad escondida tras millones de segundos y de la que, una vez encontrada, no podemos apartar la mirada.
Y ese día llega como la primavera, bello y sigiloso, para sorprendernos tras el peor de los inviernos.
Y llegó. Por fin llegó para nosotras.
No sabemos cuándo empezó ni cuándo acabó ese instante, ni siquiera si no guarda aún parte de su majestuosidad para mostrárnosla más adelante, en inviernos más crudos, pero por fin un rayo de su luz nos ha alcanzado.
Me alegro profundamente de poder haberlo compartido contigo, de que estuvieses ahí, y de poder haber estado ahí para ti, antes, durante y tras el cambio.
Por ello y por ser esto el inicio de algo nuevo, me gustaría empezar con un tremendo gracias de todo corazón por tu amistad.
Por nuestra amistad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario